miércoles, 12 de octubre de 2011

Animal





Es ese momento en que la racionalidad, el sentido común, la cultura y la cordura sucumben ante el insoslayable movimiento de los cuerpos y el fluir de las hormonas en la sangre. Las palabras ya han quedado de lado y ahora son las lenguas las que mantienen su frenético diálogo, al tiempo que las manos recorren la piel del otro en libertad, sabiendo que la ropa hace tiempo dejó de estorbar. Entonces las caricias se hacen cada vez más urgentes y los labios se lamen, se muerden y se conquistan. La pija está erecta y la concha está mojada. Los dedos se encuentran con los pechos y la boca marcha presta a saborear esas tetas incitantes. Ella encuentra una verga dura y expectante, dispuesta a hundirse en sus profundidades, pero aún no. Primero es tiempo de sentir su sabor, de llenarla de saliva para lubricarla, de meterla hasta la garganta. Él a su vez busca la vulva para degustar su humedad, para morder suavemente y no tanto esos labios jugosos que llaman a su deseo. Ella se retuerce de placer y siente con fuerza cada latido en su sexo mientras deja salir suaves gemidos. Finalmente él no resiste más la urgencia de su miembro, la pone decúbito dorsal, se coloca sobre ella y la penetra con fuerza. Ella suelta un grito, tan sólo el primero. Él la toma con fuerza de las caderas mientras bombea una y otra vez en su interior. Ella siente cómo la sangre se acumula en su vagina anticipando el orgasmo inminente.

Él siente el semen acumularse en su verga enhiesta dispuesto a llenar las cavidades de ella. Entonces ambos se miran y finalmente estallan, al unísono, en un mismo climax compartido, en un sólo grito a coro, en un alarido final que anula todo rastro de cultura y de conciencia y convierte aquello que algunos llaman "amor" en el festival de instintos que siempre fue.
 

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